jueves, 24 de junio de 2010

Día cero: el del dedo de flúor



Nuestro primer intento de acercamiento al mundo laboral dublinés ha tenido lugar a la tercera hora de vuelo, después de haber perdido una en la pista de un Barajas derretido por el calor. Un minuto después circulaban los rumores de una extraña huelga en Francia que por lo visto afectaba al tráfico aéreo.

Al caso: cansadas de intentar ver algo por una ventanilla por las que nuestras caderas no cabrían en caso de accidente, hemos reparado en la potencial fuente de ingresos sentada a nuestro lado; una chica de 17 años que está preparando su mente para hacer medicina pero que no ve el sentido a leer libros porque "leer cosas inventadas es una pérdida de tiempo"). Antes de que se fuera con sus tropecientos hermanos (seguro que no eran tantos, pero sus berridos no han dejado dormir a ningún pasajero) le hemos dado nuestro email porque hemos descubierto el interesante dato de que su madre lleva meses trabajando aquí.

Cuando recuperamos la mochila de Elena de debajo de un asiento - colapso nervioso incluído por la suerte que podía haber corrido el portátil- salimos del avión despidiéndonos del personal de a bordo: la típica robocop (Loquendo woman), el azafato triste, la del moño que parecía un donuts y nuestra favorita, un clon puro de Molly Weasley.

Una máquina del baño del aeropuerto nos regaló dos bolitas en las que creíamos que habría un pokémon, pero sólo guardaban un extraño dedo de papel impregnado de flúor bucal para lavarse los dientes. "No lo pienso utilizar nunca, qué ascazo, qué ascazo!", declara Elena.

En el bus al centro (¡de dos pisos!) hicimos migas con unos amigables franceses que a los cinco minutos de hablar ya querían organizar una fiesta en nuestro piso inexistente. En fin, que ya tenemos amigos con los que quedar los cinco primeros días.

El hostal estaba más cerca de lo que esperábamos. En el camino hasta él nos topamos con un Burger King que a las nueve de la noche estaba tan lleno como lo estaría en Madrid a las dos de la mañana. Cuando entramos en el Bed&Breakfast, desde el sonoro eructo con el que nos recibió el señor de recepción (muy educado, eso sí, pidió perdón), pasando por la ducha ("Epa! no hay espacio para maniobrar"- dijo Bea dándose golpes contra la mampara), y la ventana (que daba a un pasillo por el que se llegaba a un cuarto de baño común), hasta la cerradura que fuimos incapaces de abrir (reception man had to came), percibimos en el ambiente un aire extraño... ¡¿sería porque estábamos durmiendo en un sótano?!

Por supuesto, no sabíamos que había wifi. Si hubiéramos tenido batería para comprobarlo (o, mejor dicho, el ADAPTADOR que Elena se dejó en casa) habríamos podido deciros ayer lo siguiente: "Puede que esto sea lo primero y lo último que leáis, porque visto el caché que tiene este antro no es que nadie vaya a asesinarnos, es que directamente la mugre y la humedad nos volverán locas y combatiremos a los gérmenes con nuestro dedo de flúor"

2 comentarios:

  1. Por motivos ajenos a nuestra voluntad, las fotos nos toman el pelo :(

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  2. Baldo reportando con dos días de retraso!

    Qué le vamos a hacer, el aburrimiento me mantiene entretenido y además quita mucho tiempo.

    Dublín es un sitio bonito, que no os sorprendan sus autobuses de dos pisos, no cogéreis otro hasta que no volváis al aeropuerto de vuelta y después de pagar tan sólo seis euros suponiendo que algún Zapatero irlandés no haya tenido la brillante idea de subir allí el IVA.

    Por otro lado, no deberíais quejaros tanto sobre la calidad del antro ese, es divertido quejarse al encargado, aún tengo recuerdos sosteniendo una sartén en la mano, jaja.
    Además, a Elena le encantan los antros!

    Bueno, concluímos que Elena se deja un adaptador en Madrid -lo compensará dejándose el móvil allí-, que Elena casi pierde el portátil y que nadie le regalará a Baldo un Pokémon a la vuelta.

    Mañana, si el aburrimiento me deja, más y mejor!

    Saludos chicas.

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