sábado, 17 de julio de 2010

Día 22: Galway girls

Un cuarto de hora antes de lo previsto partió nuestro autobús en oferta (sólo 5€ para llevarnos hasta Galway). Un viaje que iba a ser de tres horas y cuarto al final se quedó en dos y media. Y de repente nos vimos envueltas en el bullicio de las calles (mejor dicho: calle) de Galway, repletas de turistas y de los más variopintos artistas callejeros (hippies que pintaban la cara a los niños, que les hacían trenzas de hilo, que pintaban con spray, que hacían tatuajes de henna etc). Hicimos una rápida visita a st. Nicholas Church y a la casa donde Elena estuvo el año pasado, y nos encaminamos hacia el río. Allí nos sentamos un rato largo a observarlo para después pasear por la zona por debajo del Spanish Arch y caminar hacia las casas de colores.



Luego nos fuimos a comer al parque. El menú, exquisito: dos bocadillos enormes de sardinas con tomate y una muffin de chocolate a la que no nos pudimos resistir. Después de reposar un rato la comida fuimos a la catedral, donde estuvimos media hora hablando de los vestidos de boda de nuestras madres, encandiladas por el techo de madera, las baldosas de mármol, las vidrieras, el órgano y, en general, con la estructura del edificio.



Cuando se nos acabó la charla caminamos un rato intentando buscar la Universidad, pero como nos tiraban más las ganas de ver el mar, desistimos pronto y tiramos hacia Salthill... no esperábamos encontrar una playa mejor que la que vimos en Bray, y por ello nuestra sorpresa fue mayúscula al toparnos con arena fina y conchitas (y alguna que otra medusa ¬¬'). Bea se dedicó a hacer fotos y trepar por las rocas mientras Elena se mojaba hasta las rodillas (no más porque no había biquinis y el tiempo no era muy propicio...).



Cuando volvíamos corriendo y cantando (nuestras voces ya se armonizan como una sola xD) por todo el paseo marítimo para coger el autobús, nos topamos con un simpático hombrecillo que hacía malabares con antorchas y ponía en peligro su vida, la de un niño "voluntario" y la del resto del público subiéndose a un monociclo de tres metros de altura (aprox.)


No esperábamos encontrar nada más raro que eso, sin embargo aún tuvimos la suerte de despedirnos del hombre Plink-Plank, que con su guitarra de cartón cantaba precisamente eso, Plink-Planck-Plonck, mientras mandaba sentar y callar a un perro también de cartón y sonreía a sus monedas de un céntimo en la funda de la guitarra (que era lo único verdadero).
A la vuelta no pudimos dormir por culpa de una adolescente chillona cuyas hormonas revolucionadas la obligaron a estar todo el trayecto hablando a voces con un "supuesto-chico-guapo" sentado dos filas detrás de nosotras.

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